Me basta así

Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

Me basta así (Ángel González)

Y si prefieres escucharlo de su boca… Me basta así

Garcasve

La felicidad es un acto voluntario

«No sea ingenuo, Daff. Hay cosas que no se curan con nada. El tiempo atenúa el dolor, lo mismo que lo atenúa la distancia y la incorporación de elementos nuevos a nuestras vidas, que sirven de distracción o de vía de escape. Pero el dolor sigue ahí, como esperando la mejor ocasión para revolverse y recordarnos su existencia, para advertirnos que sigue presente y listo para avivarse a la menor ocasión. Cuanto más feliz nos ha hecho algo o alguien, más consistente es el dolor que se experimenta en cuanto falta. Y yo fui demasiado feliz al lado de Pedro. A veces siento como si esas semanas de dicha que me proporcionó fuesen en realidad la ración de toda la vida, que a mí no se me había servido dosificada sino de un solo trago: ya ve, Linus, me pegué un atracón de felicidad. Y después ya no me quedó nada. Ni motivos para ser feliz… ni, seguramente, la capacidad para serlo. Porque, en el fondo, yo creo que la felicidad tiene mucho de acto voluntario.»

Linus Daff Inventor De Historias. Marta Rivera de la Cruz

El arte de mandar

Un emperador de China, no se sabe su nombre, ni su dinastía, ni su tiempo, llamó una noche a su consejero principal, y le confió la angustia que le impedía dormir:

–Nadie me teme –dijo.

Como sus súbditos no lo temían, tampoco lo respetaban. Como no lo respetaban, tampoco lo obedecían.

–Falta castigo –opinó el consejero.

El emperador dijo que él mandaba azotar a quien no pagara el tributo, que sometía a lento suplicio a quien no se inclinara a su paso y que enviaba a la horca a quien osara criticar sus actos.

–Pero esos son los culpables –dijo el consejero. Y explicó:

–El poder sin miedo se desinfla como el pulmón sin aire. Si sólo se castiga a los culpables, sólo los culpables sienten miedo.

El emperador meditó, en silencio, y dijo:

–Entiendo.

Y mandó al verdugo que cortara la cabeza del consejero, y dispuso que toda la población de Pekín asistiera al espectáculo en la Plaza del Poder Celestial.

El consejero fue el primero de una larga lista.

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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Amar

Puede que suene típico pero «El Principito» es probablemente mi libro favorito. Es con mucha diferencia el libro que más veces en mi vida y lo tengo en varios idiomas (castellano, inglés, francés y holandés).

Pero he descubierto más cosas bonitas de Antoine de Saint-Exupéry así que hoy os dejo esta frase suya que me ha encantado «amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección».

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«Cuando dos personas están bajo la influencia de la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de las pasiones, se les pide que juren que seguirán continuamente en esa condición excitada, anormal y agotadora hasta que la muerte los separe».

George Bernard Shaw

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Héroes

Desde lejos, los presidentes y los generales mandan matar.

Ellos no pelearán más que en las reyertas conyugales. No derramarán más sangre que la de algún tajito al afeitarse.

No respirarán más gases venenosos que los que escupe el automóvil. No se hundirán en el barro, por mucho que llueva en el jardín.

No vomitarán por el olor de los cadáveres pudriéndose al sol, sino por alguna intoxicación de hamburguesas.

No los aturdirán las explosiones que despedazarán gentes y ciudades, sino los cohetes que celebrarán la victoria. No les acosarán el sueño los ojos de sus víctimas.

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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Ladrones de palabras

Hoy toca otro mini cuento de Eduardo Galeano. Espero que os guste

Según el diccionario de nuestro tiempo, las buenas acciones ya no son los nobles gestos del corazón, sino las acciones que cotizan bien en la Bolsa, y la Bolsa es el escenario donde ocurren las crisis de valores.

El mercado ya no es el entrañable lugar donde uno compra frutas y verduras en el barrio. Ahora se llama Mercado un temible señor sin rostro, que dice ser eterno y nos vigila y nos castiga. Sus intérpretes anuncian: El Mercado está nervioso, y advierten: No hay que irritar al Mercado.

Comunidad internacional es el nombre de los grandes banqueros y de los jefes guerreros. Sus planes de ayuda venden salvavidas de plomo a los países que ellos ahogan y sus misiones de paz pacifican a los muertos.

En los Estados Unidos, el Ministerio de Ataques se llama Secretaría de Defensa, y se llaman bombardeos humanitarios sus diluvios de misiles contra el mundo.

En una pared, escrito por alguien, escrito por todos, leo: “A mí me duele la voz».

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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Noticiero

«La industria del entretenimiento vive del mercado de la soledad.

La industria del consuelo vive del mercado de la angustia.

La industria de la seguridad vive del mercado del miedo. La industria de la mentira vive del mercado de la estupidez.

¿Dónde miden sus éxitos? En la Bolsa.

También la industria de las armas. La cotización de sus acciones es el mejor noticiero de cada guerra.»

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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El tiburón

No soy muy fan de estos animales porque me da miedo el mar pero creo que en parte se debe a las películas y a las leyendas urbanas. Ahí va otro mini cuento de Eduardo Galeano.

En el cine y en la literatura, este monstruo artero y sanguinario navega por los mares del mundo, con sus fauces siempre abiertas y su dentadura de mil puñales: piensa en nosotros y se relame.

Fuera del cine y de la literatura, el tiburón no muestra el menor interés en la carne humana. Rara vez nos ataca, como no sea en defensa propia o por error. Cuando algún tiburón muy miope nos confunde con un delfín o un lobo marino, pega un mordisco y escupe con asco: somos de mucho hueso y poca carne, y nuestra poca carne tiene un sabor horrible.

Los peligrosos somos nosotros, y bien lo saben los tiburones; pero ellos no hacen películas, ni escriben novelas.

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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El colibrí

Ya he comentado varias veces que me encantan los animales y en el libro «Bocas del tiempo» de Eduardo Galeano he podido encontrar varios mini cuentos. Os dejo con uno de ellos:

«En algunos caseríos perdidos en los Andes, los memoriosos se acuerdan de cuando el cielo estaba montado sobre el mundo.

Teníamos al cielo tan encima que la gente caminaba agachada, y no podía enderezarse sin darse un cocazo. Las aves se echaban a volar y en el primer aleteo se chocaban contra el techo. El águila y el cóndor arremetían con todos sus ímpetus, pero el cielo no se daba por enterado.

El tiempo del aplastamiento del mundo terminó cuando un relampaguito bailandero se abrió paso en el poco aire que había. El colibrí pinchó el culo del cielo con su pico de aguja y a los pinchazos lo obligó a subir y a subir y a subir hasta las alturas donde ahora está.

El águila y el cóndor, aves poderosas, simbolizan la fuerza y el vuelo. Pero fue el más chiquito de los pájaros quien liberó a la tierra del peso del cielo.»

Bocas del tiempo – Eduardo Galeano

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